¡Por una luz fundida! Inmigrante mexicano confiesa el ‘infierno’ que sufrió tras ser detenido y deportado
Publicado el 20/02/2026 a las 13:19
- Adrián Cruz Godines fue arrestado por una luz fundida tras 30 años de trabajo.
- Sufrió hacinamiento y frío extremo; pensó en el suicidio.
- Lucha desde México para regresar con su familia.
La historia de Adrián Cruz Godines, de 56 años, es la síntesis de una tragedia invisible que comparten millones.
No es la historia de un criminal, sino la de un hombre que durante 30 años fue el motor de una familia, el «handyman» de confianza de una comunidad en Atlanta y un padre que priorizó el bienestar de sus hijos sobre su propia legalidad.
Hoy, Adrián se encuentra en Tultitlán, Estado de México, tratando de aprender a fabricar persianas para sobrevivir, tras haber sido arrancado de la vida que construyó piedra sobre piedra a lo largo de 30 años.
El Sueño Americano: De la ingeniería a la plomería

Adrián llegó a Atlanta el 11 de noviembre de 1995. En México estudiaba ingeniería, pero la falta de oportunidades lo empujó al norte.
Empezó desde lo más bajo, recogiendo basura en construcciones bajo el sol de Georgia, hasta que encontró su vocación en la plomería. «La idea de la mayoría de los mexicanos es ir y superarte, tratar de tener una mejor vida», explica Adrián.
Durante tres décadas su estatus fue «indocumentado», pero su comportamiento fue el de un ciudadano ejemplar.
Jeff Skelton, un estadounidense que lo contrató hace años y terminó convirtiéndose en su amigo más cercano, lo define con contundencia: «Yo describiría a Adrián como un gran estadounidense. Vino por una oportunidad, trajo a su familia, trabajaba duro y mantenía la cabeza baja. Era un tipo con una familia a quien muy bien podrías ver en el parque el fin de semana y no notar la diferencia».
Inmigrante mexicano deportado: El sacrificio por la familia

A pesar de separarse de la madre de sus hijos, Adrián nunca se fue.
Cuando ella sufrió dos derrames cerebrales a causa del estrés por las redadas migratorias, él regresó a casa para asistirla y cuidar a sus hijos gemelos, quienes hoy tienen 30 años y trabajan también en la construcción.
Por cuidar de otros, Adrián nunca tuvo tiempo —ni asesoría— para arreglar sus propios papeles.
«Es de lo que más me duele, que no tuve chance de poder arreglar algo para mí… siempre estuve al pendiente de mi familia», confiesa con la voz quebrada.
La detención: Un error de identidad y una luz fundida

La caída de Adrián no fue por un delito grave, sino por la fragilidad de vivir «en las sombras».
Una luz trasera fundida en su camioneta provocó una detención de tráfico.
Aunque cumplió con pagar multas y presentarse a su servicio comunitario, en su tercera cita de seguimiento, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) lo estaba esperando.
Lo que siguió fue una pesadilla de deshumanización. En el centro de detención de Atlanta, Adrián fue testigo de cómo el sistema ignora los nombres.
Cuando llegó el momento de los traslados, los oficiales gritaron un nombre que no era el suyo. «Yo no soy esa persona», reclamó Adrián.
La respuesta del oficial fue seca y final: «Tú te vas». Así, bajo una identidad equivocada y sin un debido proceso claro, fue enviado a la temida cárcel de Stewart.
El infierno en Stewart: «Quise quitarme la vida»

La cárcel de Stewart, en Georgia, no fue solo un lugar de encierro para Adrián; fue el escenario de una deshumanización sistemática.
Lo que describe no es una estancia carcelaria común, sino un entorno diseñado para quebrar el espíritu de los hombres.
«Te soy sincero, yo en un momento quise quitarme la vida porque es muy fuerte», confiesa Adrián con la voz entrecortada, recordando el peso de la desesperación.
«Es muy rudo. Algunas personas decían: ‘Prefiero que me deporten por salida voluntaria’, solo por ya no estar ahí».
Las condiciones de hacinamiento eran el primer golpe. Aunque las celdas de la Unidad F estaban diseñadas para 60 personas, la realidad era asfixiante.
«Llegábamos a estar entre 75 y 80… cuentan que había veces de más de 100. La cárcel tiene capacidad para 3,000 personas y había más de 5,000. Todos los días estaba entrando gente de Nueva York, de Charlotte, de Tennessee».
Adrián detalla tres pilares de lo que él considera un trato inhumano

El frío y la enfermedad como castigo: El aire acondicionado se mantenía a temperaturas extremas, convirtiendo las celdas en hieleras mientras los detenidos enfermaban sin tregua. «Estaba bien enfermo. Teníamos temperatura, la gripa, no sé qué virus había, pero era mucha tos… y no te daban asistencia médica. Tenías que llenar un formulario y esperar en la desesperación de no saber qué estaba pasando contigo».
La dieta del hambre: La comida era una herramienta más de desgaste. «Casi todo el tiempo fue papa de diferente forma. Un pedazo de pan, papa y café. Una vez al mes dan pollo». El hambre era tal que Adrián recuerda con asombro cómo, al llegar a México, unos simples frijoles con huevo le parecieron un manjar tras dos meses de maltrato alimenticio.
La guerra psicológica de ICE: La incertidumbre sobre el futuro y el trato hostil de los guardias eran constantes. Adrián relata que ni siquiera los agentes latinos mostraban piedad. «Cuando me bajan del autobús, un latino, un agente de ICE, me revisa y cuando ven las esposas, agarró y te aprieta hasta que te quedan bien apretadas… eso no es correcto».
La solidaridad, la única luz entre los mismos presos

Adrián, inmigrante mexicano deportado, recuerda con especial afecto a un piloto aviador panameño que, a pesar de tener su propio calvario, se convirtió en el traductor y guía de los recién llegados.
«Él fue la primera persona que me brindó la mano. Cuando llegas ahí, uno llega espantado… él era el que traducía y en las noches hacía una oración; siempre se preocupó por toda la gente». Fue esa humanidad compartida la que evitó que Adrián se rindiera: «Gracias a los compañeros que me decían: ‘no, vamos a echarle ganas, no te desanimes’, pude seguir».
Tras un vuelo militar y un viaje en autobús, llegó a Matamoros. Allí, el contraste fue irónico: el gobierno mexicano los recibió con una torta y frijoles con huevo, un festín comparado con los meses de encierro.
Un nuevo comienzo en Tultitlán, México

Adrián, inmigrante mexicano deportado, regresó a la Ciudad de México el 12 de diciembre, el día de la Virgen de Guadalupe.
El reencuentro con su madre, a quien no veía desde hacía 30 años, fue un «shock emocional».
Aunque hoy intenta adaptarse a México, el sentimiento de injusticia persiste.
Jeff, desde Estados Unidos, sigue abogando por él: «Hasta que no es alguien que conoces, realmente no te cala. Una vez que le pasa a un amigo, lo ves de manera muy diferente. Adrián es la norma, no la excepción. No es un criminal, es un ciudadano respetuoso de la ley».
Adrián cierra su relato con una petición de fe, pero también de dignidad: «Ni a los verdaderos criminales los tratan tan mal como a nosotros, gente trabajadora. No somos personas malas, queremos un mejor futuro para nuestras familias».
El último adiós: Un consuelo entre la tragedia

A pesar del dolor que ha significado su deportación, el destino le permitió a Adrián, el inmigrante mexicano deportado, un momento de paz que habría sido imposible viviendo en la sombra en Atlanta.
Hace apenas unos días su padre falleció, y Adrián pudo estar presente para despedirlo.
Para él, este reencuentro fue un regalo divino en medio del caos.
«Es muy especial para mí. Dios me dio la oportunidad de haber convivido los últimos momentos de su vida», relata conmovido.
De no haber sido por su regreso forzado a México, Adrián habría tenido que vivir este duelo a la distancia, separado por una frontera que le habría impedido darle el último adiós al hombre que le dio la vida.
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